12 Vecinas de Marisol Plard Narváez + Su Jeng Sang – La Perla – San Juan – Crónica por Breyner Huertas

12 Vecinas de Marisol Plard Narváez + Su Jeng Sang
La Perla – San Juan
Crónica por Breyner Huertas
 

Links con más información:

Abdiel Segarra-Ríos y Cranium Corporación de abril de 2016, San Francisco, California

Brenda Torres Figueroa & Museum of Contemporary Art of Puerto Rico (MAC) April-May 2008, San Juan, PR

 Crónica.

Un tejido de voces cruzadas se escucha en un chalet de La Perla, en el Viejo San Juan de Puerto Rico. 12 Vecinas de Marisol Plard (1966, Puerto Rico) y Su Jeng Sang, se expone por primera vez en su lugar de origen, una casa que le pone la cara al mar y al horizonte que es una línea omnipresente en el imaginario de todos los habitantes de la isla. La obra es una vídeo-instalación en la que se sincronizan 12 pantallas, cada una con una mujer de La Perla yendo y viniendo por sus anécdotas personales, dando testimonios de acontecimientos y recuerdos que se salen de su especificidad y abordan conflictos y políticas generales. Una de las cuestiones más importantes de la obra, a mi modo de ver, es la capacidad que tiene para ir de lo particular a lo universal revelando problemas de intereses económicos e incluso contradicciones ideológicas que tienen que ver con progreso, colonia y persecución.

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Las pantallas al interior del chalet están en el espacio habitual de la casa (hay una en la cocina, sobre la estufa, por ejemplo) y exigen al espectador que se mueva de una a otra en una especie de “danza del curioso” o “performance-invertido” en el que el espectador poco a poco se compromete y no se da cuenta del momento en que ya hace parte de la obra. Sin embargo, hacer parte de la obra no implica solamente asistir al espacio y contemplar una estética, por decirle de algún modo, sino más bien la complicidad generada por un excelente montaje y un ritmo que va acelerándose a medida que se van problematizando las cosas que las mujeres cuentan.

El punto de partida de los relatos genera una correspondencia entre el público y los personajes, cada vez más se motiva una escucha y una concentración no forzada en torno a las relaciones entre vecinos, la familia, la situación económica y remembranzas de la comunidad. Quizá la obra opere con los recuerdos y las intuiciones del público, y los testimonios activan esos pensamientos latentes que tienen que ver con lo emocional, la familia y con cierta inconformidad ante las políticas del estado. A partir de allí, de lo que hay en común, la obra empieza a revelar unos puntos de fuga que son específicos de La Perla y cada testimonio entreteje un llamado de atención a la misma comunidad. 12 Vecinas es en primera instancia un proyecto para el mismo barrio, una obra que hace parte de una serie de trabajos de diversos artistas y agentes sociales (por ejemplo el trabajo de Chemi Rosado-Seijo) que activan la colectividad y la convivencia sin ocultar las diferencias o idealizar La Perla.

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La postura de la artista es fuerte y directamente crítica, se posiciona frente a un problema y lo afronta usando para ello conocimientos que heredó del campo del audiovisual. Técnicamente cada relato es fragmentado y cada pantalla tiene una especie de lapso en el que se oye una anécdota o una expresión para luego “caer” en glitch y continuar en otra pantalla; el montaje ocupa la sala de la casa y la cocina al lado de los enseres cotidianos de la artista como fotografías, una máquina de escribir, un armario, una mesita, una biblioteca entre otras cosas que complementan la instalación. En este espacio se manifiestan las voces, existen. El mecanismo se activa luego de que Marisol Plard cierra la puerta y el espectador queda sumergido dentro de la casa y asume el rol del sujeto para quien las personas hablaron, asume el rol de ser “el otro” en un intento de complicidad.

La pieza genera una sensación de vecindad, todas las voces se dirigen a un centro que solo se activa cuando alguien programa la visita a través de mensaje de texto con la artista; y no han sido pocas las visitas, lo cual es muy importante ya que en vez de llevar elementos de La Perla hacia afuera como en una especie de arqueología no comprometida, el proyecto de Marisol Plard dirige la atención al mismo corazón de la comunidad y provoca que personas que no pertenecen al barrio y por ende desconocen los problemas, entren y escuchen a sus habitantes. Quizá una de las condiciones más vitales del arte es la de provocar situaciones que no se darían sin su intervención.

El lugar de la obra.

Abdiel Segarra-Ríos (Link) escribe sobre el trabajo de Plard y hace un panorama general sobre La Perla, anotando una serie de características importantes del contexto de la obra y de la comunidad:

“La Perla is a historically marginalized community that lies along the northern city wall of Old San Juan, Puerto Rico, protruding out to sea about 650 yards (600 m) along the coast immediately east of the Santa María Magdalena de Pazzis Cemetery, and north of Calle Norzagaray. It is a community that rose around San Juan’s old slaughterhouse district, which by Spanish law had to be kept outside of the city’s massive protective walls. During old colonial times, the poor, rejected by the wealthy living inside the walls, built a shantytown near and around the slaughterhouse, as the island nation’s economy grew and San Juan became the seat of municipal, state, and since the 1898 Invasion, US federal power. This spinoff community grew to become a tightly knit, self-policing enclave, with its businesses, improvised electrical and water infrastructure, and independent cultural activity. Aged, shoddy structures, torn down by hurricanes and other tropical weather phenomena, have over the decades been replaced by a colorful cement and asphalt maze, where today hundreds of humble abodes exist amalgamated and connected by labyrinthine stairwells and trails.”

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“Nadie sabe lo que hay en la olla más que la cuchara que es la que la menea” dice Milagros, una de las vecinas entrevistadas quien particularmente habla con mucha energía y va de un recuerdo a otro, conectando cosas y gritando otras, demostrando una bella lucidez que marca el ritmo de la instalación. En varias ocasiones Milagros hace sus enérgicas intervenciones mirando para arriba y batiendo sus brazos dirigidos a lo alto, se podría pensar con ello que su lucha está ligada a la presencia del “otro” que viene de San Juan, ya que para entrar a La Perla hay que pasar la muralla y bajar; La Perla tiene otra altura y otra condición social.

El problema quizá son los intereses que hay en torno al barrio, intereses económicos y políticos que ocasionan situaciones traumáticas como las redadas policiacas en las que, según los testimonios, los federales entran al barrio a inculpar gente y a llevarse lo que quieren (como el caso en el que se robaron una caja de calzoncillos nuevos de uno de los muchachos, “sutil” ironía que va del chiste a lo crudo en un instante). Todo hace parte de una persecución de la que se sospecha es una conspiración para sacarlos poco a poco de un territorio altamente valorizado. Uno de los capítulos de la obra se basa en el último operativo que hicieron los federales, en el que se llevaron a casi todos los hombres, incluso aquellos que ya habían iniciado una lucha legal en defensa del barrio; Esta ausencia de hombres genera un fuerte sentido a 12 Vecinas, una obra que reconoce en la mujer una condición de arraigo y pertenencia, pero de diversos modos, ya que cada una de ellas es muy diferente a la otra y es imposible crear un estereotipo.

Los espectadores que entran a La Perla a ver la obra hacen parte de aquello que es llamado “el otro”, así como los turistas, los nuevos habitantes, los federales, los trabajadores sociales, todos entran al barrio y alteran la cotidianidad para bien o para mal; La comunidad se ha desarrollado por fuera de los muros de la ciudad, lo que lejos de ser una metáfora es una constante que ha permitido cierta autonomía como territorio y una diferencia profunda en relación con el progreso del Viejo San Juan en función de los turistas y las fotografías postales. Los testimonios de las mujeres están dirigidos a desestigmatizar el barrio, cuya leyenda o mito le precede en todo el mundo, ya que La Perla tiene fama mundial.

Últimas reflexiones.

“Un vacío se siente en La Perla” expresa una de las mujeres entrevistadas, un vacío que no es más que la imposibilidad de entender la totalidad de circunstancias que atraviesan esta localidad que está conectada fuertemente con lo global; la comunidad se enfrenta a un proceso de universalidad que en Latinoamérica cercena la condición oral, imposibilita la generación de micro políticas o zonas autónomas y ni que decir de la dificultad de construir economías particulares; quizá tiene que ver con la vecindad existente, una vecindad que se reconoce como tejido y en la que todos se corresponden entre sí, en donde las diferencias pequeñas constituyen lo cotidiano. Es interesante pensar en la relación entre la arquitectura contingente de La Perla y esta manifestación de la cercanía y la vecindad, los laberintos de concreto y la interpenetración entre los habitantes.

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En 12 Vecinas los espectadores que entran en “corillo” se juntan como en un ascensor, chocan entre sí y su “circulo de espacio personal” es “vulnerado”, los espectadores están tan juntos que no quieren tropezarse o tapar la vista del que está atrás; El público se mueve hacía la pantalla que se activa y de este modo es maleabilizado como receptor. Los 33 minutos de duración apenas se notan, el sonido se mezcla con el ruido del mar y con el ruido del ambiente. Los temas cambian de un lado a otro como en una conversación, como en medio de una fuerte oralidad… una oralidad que al final de la obra se anula, ya que el instante último de 12 Vecinas son todos los monitores sonando a la misma vez, y ahí el espectador despierta, es consiente del volumen en el que estuvo inmerso y empieza a pensar en toda la información que recibió y que no hubiera recibido de otro modo.

Breyner Huertas

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